Hace muchos siglos cuando Europa estaba cubierta de frondosos bosques se rendía culto a ciertos árboles ya que se creía que los espíritus habitaban en ellos.Yo sigo creyendo que los árboles nos dan mucho más que sombra y madera. Son símbolo de la vida nos regalan el oxígeno elemental para nuestra subsistencia.Pero también son más que eso.En las calurosas tardes de verano cuando era pequeña solía subirme a uno de los árboles de la calle larga de San Ignacio para cantar recitar y contarle mis secretos.Siempre elegía el mismo. Entre cientos de árboles el mismo.Como si un hilo invisible nos uniera reconfortándonos.Por eso hoy que ya no lo tengo me acerco en sueños hasta él me subo a sus ramas torcidas me siento rodeada de elfos gnomos y hadas me acurruco entre sus hojas y le narro mis cuentos.Cuentos entre las hojas para leer en las tardes de verano para reír llorar o soñar acunada por la suave brisa que lo hace hablar envuelta en su fresca sombra acariciada por sus ramas ásperas pero tiernas flotando entre el cielo y la tierra.
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