Mientras el señor Bergeret tomaba su frugal cena tenía a sus pies a Riquet echado sobre un almohadón. El alma de Riquet era religiosa; tributaba al hombre honores divinos y juzgaba magnánimo y poderoso a su dueño; pero sobre todo al verle sentado a la mesa reconocía la magnanimidad y el poder soberanos del señor Bergeret porque si bien todos los alimentos eran para él agradables y preciosos en particular el alimento humano parecíale augusto.
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