Todo pensamiento humano surge del asombro ante el movimiento. En un principio temimos el cambio; más tarde lo veneramos y con el tiempo intentamos dominarlo. Sin embargo nadie había comprendido del todo que el movimiento no destruye el ser sino que lo sostiene. En esa paradoja -la de permanecer dentro del cambio- nace la filosofía de la Inergía.No se trata de una energía externa ni de una sustancia oculta. Es la fuerza interior que mantiene a cada cosa siendo incluso cuando todo a su alrededor se transforma. La inergía es la quietud que se mueve el pulso que mantiene al universo respirando dentro de sí mismo. Nada persiste por su forma: todo persiste por su pulso.Desde los pensadores presocráticos hasta la ciencia moderna la reflexión sobre la realidad ha oscilado entre dos polos: el ser inmóvil de Parménides y el flujo perpetuo de Heráclito; el átomo sólido de Demócrito y la energía vibrante de Einstein. Ambos enfoques son verdaderos pero incompletos. Entre elser y el devenir existe una tercera sustancia: la continuidad viva esa tensión interior que permite que el río siga siendo río aunque cambien sus aguas. A esa sustancia la llamo Inergía.
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