La pornografía era la nueva vanguardia y todo lo que se consideraba moderno era un apetecible e innovador porno de rápido consumo repleto de desidia e imposición mediante spam. Lo perdurable había dejado su lugar a lo volátil y entremedias día a día y a un ritmo casi imposible de detener estaba desapareciendo el romanticismo en el sentido más puro del término.