La señora Spragg y su acompañante estaban entronizadas en grandes sillones dorados en uno de los salones privados del Hotel Stentorian. A las habitaciones que ocupaban los Spragg se las conocía como una de las suites Looey y las paredes del salón estaban parcialmente forradas de reluciente caoba tapizadas con seda de damasco de color rosa salmón y decoradas con retratos ovales de María Antonieta y la princesa de Lamballe. En el centro de la alfombra de flores había una mesa dorada con la superficie de ónice mexicano que sostenía una palmera en un cesto igualmente dorado y adornado con un lazo rosa. A excepción de la palmera y un ejemplar de El perro de los Baskerville la habitación no mostraba otros indicios de ocupación humana y la actitud de la propia señora Spragg era de absoluta indiferencia como una figura de cera en una vitrina. Su elegante indumentaria justificaba esta pose al tiempo que su rostro de mejillas pálidas y suaves con los párpados hinchados y la boca caída recordaba al de una figura de cera semiderretida a resultas de lo cual le hubiera salido aquella papada.
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