<p>Aunque la mayoría de los anticomunistas estadounidenses -aunque ciertamente no todos- eran sinceros es esencial afrontar la triste e incómoda verdad: la Guerra Fría fue en gran medida un fraude.</p><p>Mientras al estadounidense medio se le decía que temiera a la Unión Soviética los principales banqueros e industriales de Estados Unidos mantenían amplios acuerdos comerciales y otros lucrativos tratos con dirigentes del Partido Comunista. El propio gobierno estadounidense ponía a disposición de su supuesto rival grandes cantidades de tecnología de defensa y otros datos. Así que sí la Guerra Fría fue en efecto un engaño.</p><p></p><p>Comprender y aceptar por fin esta cruda realidad nos permite reevaluar la locura globalista de los últimos 50 años y prepararnos para la verdadera batalla por la supervivencia que nos espera.</p><p></p><p>Hasta que los estadounidenses no estén finalmente dispuestos a reconocer que el frenesí anticomunista al que tantos han dedicado sus energías estaba de hecho tan mal dirigido y fracasado no tiene sentido continuar la lucha. Durante generaciones luchamos contra enemigos percibidos en el extranjero pero el verdadero enemigo estaba aquí en casa infiltrándose y apoderándose de los rangos superiores del aparato de seguridad nacional e inteligencia estadounidense.</p><p></p><p>Como ponen de manifiesto las pruebas presentadas en este libro la amenaza soviética por grande que fuera en su momento ha entrado claramente en una espiral descendente en las últimas décadas disminuyendo su fuerza.</p><p></p><p>Sin embargo las fuerzas neoconservadoras deseosas de explotar el temor al poder soviético para poner en práctica su propia agenda han exagerado tanto el poder militar como las intenciones soviéticas. Y hay que decir con razón que la base de la agenda neoconservadora -desde el principio- no era sólo la seguridad sino también el avance imperial del Estado de Israel.</p>