Un alma sencilla


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About The Book

Quince días después entró Liébard en la cocina como solía hacerlo los días de mercado y le dio a Félicité una carta de su cuñado. Ni uno de los dos sabía leer y por lo tanto recurrió ella a su ama. La Señora Aubain abrió la carta sobresaltó y con voz baja y mirada profunda dijo: acaba de ocurrir... una desgracia. Su sobrino...Había muerto. No se sabía más. Abatida y apoyada la cabeza en el tabique se dejó caer en una silla. Cerró los párpados que de súbito se volvieron color rosa. Agachada la frente los brazos caídos y la mirada fija repetía a intervalo ¡Pobre muchacho! Liébard afectado por la noticia suspiraba. La Señora Aubain temblaba un poco. Le propuso que fuera a ver a su hermana en Trouville. Félicité le contestó con una mueca como para decirle que no hacía falta. Hubo un silencio. Y añadió ella: ¡A ellos no les importa la muerte de su hijo!Pasaron por delante del patio unas mujeres con unas angarillas en las que estaba chorreando ropa recién lavada. Al verlas recordó Félicité que no había terminado de hacer la colada y salió. Su tabla y su barrica estaban a orillas del Toucques. Se arremangó la camisa y cogió la pala. Los fuertes golpes que daba se oían desde los jardines de al lado. Estaban vacías las praderas y con el viento se agitaba elToucques; al fondo altas hierbas se inclinaban hacia el río tal como las cabelleras de cadáveres flotando en el agua. Mucho más tarde se enteró de las circunstancias de su muerte por el propio capitán de Victor.
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